domingo, 11 de diciembre de 2011

¿Cuál será el grupo sanguíneo de mi bebé?

El tipo de sangre que tenga el bebé dependerá de la información genética que herede de sus padres y, a menudo, puede resultar inesperado y sorprendente


A, B, AB, 0... El grupo sanguíneo de un bebé puede resultar sorprendente -incluso, inquietante- para los padres que desconocen o han olvidado los fundamentos de la genética. Es normal. Cuando el grupo de la madre es "A" y el del padre es "B", la lógica lleva a pensar que el niño pertenecerá a uno de estos grupos o, a lo sumo, a la combinación de los dos: "AB". Más difícil es imaginar que el bebé será "0", aunque es posible, e incluso, muchas veces sucede. Del mismo modo, también puede ocurrir que su Rh sea negativo, cuando el de ambos padres es positivo. Pero, ¿cómo puede ser? ¿Cómo se explica que una pareja cuyos miembros son A Rh+ conciba un hijo 0 Rh-? Y más todavía, ¿cómo es posible que haya hermanos con grupos sanguíneos diferentes entre sí?


Entender cómo funciona el grupo sanguíneo
Para entender estas cuestiones y evitar sobresaltos, hace falta repasar algunas leyes genéticas que, además de ser muy simples, obedecen a la lógica (aunque al principio parezca que no).
  • Lo primero que se debe tener en cuenta es que, en cada rasgo de nuestro organismo (como el color de los ojos, el color del pelo o la altura) siempre intervienen dos genes: uno procedente de la madre y el otro, del padre.
  • Lo siguiente es saber que esos genes pueden ser dominantes o recesivos, es decir, algunos tienen más "peso" o posibilidades de manifestarse que otros. El color de los ojos es un buen ejemplo de ello, porque se puede apreciar con facilidad. Si uno de los progenitores tiene los ojos claros y el otro oscuros, probablemente, el bebé los tendrá también oscuros. Sin embargo, en su información genética quedará "oculto" el gen de los ojos claros. Cuando ese niño crezca, sea adulto y forme una familia, sus hijos podrán tener ojos claros si su pareja también los tiene.
  • En el caso de la sangre ocurre igual, aunque no se aprecie a simple vista. Los genes "A" y "B" son dominantes y el gen "0" es recesivo, ya que indica ausencia de "A" y de "B". De esta manera:
    • Una persona "AB" tiene un gen "A" y otro "B".
    • Una persona "A" puede ser "AA" o "A0", pero siempre prevalecerá el gen "A" porque el "0", recesivo, no se manifiesta.
    • Una persona "B" puede ser "BB" o "B0", pero al igual que en el caso anterior, el gen "0" quedará solapado.
    • Entonces, una persona "0" tiene ambos genes "0" porque, si tuviera uno solo, no se manifestaría.
  • De este modo, cuando un padre "A" tiene los genes "A0", y una madre "B" tiene los genes "B0", sus hijos tienen tantas posibilidades de ser "A" como "B", "AB" o "0".
  • ¿Y en el caso del Rh? Es similar. Una persona con Rh negativo es necesariamente "- -", pero quien tiene positivo puede ser "+ +" o "+ -". Esto explica que unos padres con factor Rh+ puedan tener un bebé con Rh-. De hecho, cuando hay dos progenitores positivos "+ -", uno de cada cuatro hijos que tengan será negativo, "- -". Por esta razón, y por las combinaciones explicadas antes, a menudo sucede que el grupo sanguíneo no es el mismo entre hermanos.


Combinaciones que determinan el grupo sanguíneo

Pero entonces, ¿cuál será el grupo sanguíneo del bebé? Unas tablas muy sencillas ayudan a visualizar con claridad las posibles combinaciones.


El grupo sanguíneo:
MadrePadreHijo
Grupo ABGrupo 0Grupo A o B
Grupo AGrupo A, B o AB
Grupo BGrupo B o AB
Grupo ABGrupo A, B o AB
Grupo AGrupo 0Grupo 0 o A
Grupo AGrupo A o 0
Grupo BGrupo A, B, AB o 0
Grupo ABGrupo A, B o AB
Grupo BGrupo 0Grupo 0 o B
Grupo AGrupo 0, A, B o AB
Grupo BGrupo B o 0
Grupo ABGrupo A, B o AB
Grupo 0Grupo 0Grupo 0
Grupo AGrupo A o 0
Grupo BGrupo B o 0
Grupo ABGrupo A o B
El factor Rh:
MadrePadreHijo
Rh -Rh -Rh -
Rh + (+ +)Rh +
Rh + (+ -)Rh + / Rh -
Rh + (+ +)Rh -Rh +
Rh + (+ +)Rh +
Rh + (+ -)Rh + / Rh -
Rh + (+ -)Rh -Rh + / Rh -
Rh + (+ +)Rh +
Rh + (+ -)Rh + / Rh -
Datos de  LAURA CAORSI 

domingo, 4 de diciembre de 2011

"Mamá quiero, comprame, dale"

Educar hijos en el consumo inteligente 
La educación del consumidor comienza en la casa  
La actitud de padres influye en cómo valoran los hijos 

Cuentan de una madre que trataba de inculcar en sus hijos no quejarse cuando para postre solo había naranjas: "Por lo menos demos gracias de que tenemos naranjas". Y así con otros criterios de austeridad. Un día cuando se disponía a poner en funcionamiento el lavarropas se dio cuenta de la falta de jabón en polvo. Lo primero que se le escapó fue una queja. El hijo de cuatro años le alcanzó del baño la pastilla de jabón de tocador: "Mami, da gracias de que por lo menos tenemos este jaboncito".

En épocas de crisis financiera, mucho se habla de inflación, suba de precios, derechos del consumidor, pero ¿nos hemos planteado educar a los hijos para el consumo inteligente? ¿Quién duda de que la más acertada educación del consumidor empieza en casa?

Si una hija exige ropa de marca o usa algo y lo desecha a la segunda puesta; si un niño pide para su fiesta de cumpleaños una torta cara e hipersofisticada; si cuando salimos de casa nos preguntan indefectiblemente "¿qué vas a traerme?", puede ser el momento de plantearnos cómo hemos enseñado a nuestros hijos a gastar y qué criterios les trasmitimos acerca del uso del dinero y de las cosas materiales.

La actitud de los padres en este aspecto condiciona en gran medida el valor que los hijos de todas las edades dan al dinero, al gasto y al ahorro. Qué valoramos y cómo gastamos, los comentarios que hacemos respecto a estos temas tienen una influencia incuestionable en los hijos.

¿Podemos reaccionar ante el consumismo del ambiente o tenemos que resignarnos? Hay padres que a este respecto reflejan actitudes esperanzadas más próximas a una sana filosofía de la austeridad. Consideran que es posible contrarrestarlo por ser negativo para sus hijos al tornarlos caprichosos y dependientes, incapaces de discernir entre lo superfluo y lo imprescindible.

Podemos educar para un consumo sensato, intentando nosotros ser más austeros en el consumo del agua y la luz, evitando que en casa se tiren cosas a medio usar, limitando caprichos sin ceder al chantaje afectivo. Podemos enseñar a administrar el dinero comprando solo lo necesario y suprimiendo lo superfluo como por ejemplo, comer lo que hay sin antojos momentáneos.

A veces tachamos a los adolescentes de light, de que van por la vida usando y tirando, llamándose por el celular incesantemente. ¿No será reflejo del estilo de vida de los adultos?

¿Los chicos nos ven con frecuencia leer, escuchar antes de hablar o hacer con detenimiento algún tipo de labor manual o artística?

Somos los padres quienes, de cara al verano y la época de los regalos navideños, debemos convencernos que el consumismo no aporta nada al crecimiento personal: es un estilo de vida insano e impide el disfrute de tantas cosas sencillas que ofrece la vida.


Deserción escolar.

Un informe de Cepal señala que la mayor deserción escolar en Uruguay se produce en la secundaria. Adjudica como responsables a establecimientos educativos y al entorno familiar. Sugiere como plan de fortalecimiento un mayor acercamiento de la familia al centro educativo.

El niño hiperactivo.

Actualmente se sabe que la hiperactividad suele ir acompañada de déficit de atención. Si es bien tratado durante el tiempo necesario, el exceso de actividad motora, puede desparecer, mientras que el déficit de atención suele ser más persistente.

El País Digital - Ana María Abel

viernes, 2 de diciembre de 2011

Qué hacer cuando los niños se portan mal

En lugar de recurrir a castigos, conviene proponer alternativas ante los malos actos y recompensas ante los buenos
Por AZUCENA GARCÍA 



- Imagen: mdanys -
Asunto crucial para todos los padres: ¿cómo actuar cuando los hijos se portan mal? ¿Qué hacer para que mejoren su conducta? Las respuestas a estas preguntas pueden hallarse al final de un largo camino, pero hay algunos conceptos básicos que conviene tener a mano. El principal, saber que la clave está, como en tantos otros aspectos, en el equilibrio: no caer en el exceso de permisividad, que deriva en pequeños egoístas desacostumbrados a recibir un "no", ni en el autoritarismo castigador, que puede lesionar su autoestima y hacerles creer que sus padres no les quieren.

Marcar normas de comportamiento desde el principio
El comportamiento de un niño se considera "malo" cuando, por defecto o por exceso, no se adapta a lo que se entiende como "normal". Los pequeños adquieren pautas de conducta a medida que crecen, en función de lo que ven y de su propia experiencia, es decir, de las respuestas que obtienen sus propios actos. Por eso es fundamental dar señales claras en los primeros años de vida.
Los padres tienen que cortar el problema de raíz y marcar unas normas desde que los hijos tienen menos de cuatro años
En palabras de Jordi Sasot, médico especialista en pediatría y psiquiatría infanto-juvenil y coordinador de la Unidad de Padiopsiquiatría de la Clínica Teknon de Barcelona, ante la pregunta de qué hacer cuando los niños se portan mal, la respuesta está clara: "Los padres tienen que cortar el problema de raíz y marcar unas normas desde que los hijos son pequeños, menores de cuatro años, y en pequeñas cosas".
"Cada problema -especifica Sasot- debe ser estudiado de manera individual para descubrir su origen, que puede ser educativo, con problemas de comportamiento, o biológico, con trastornos de conducta". En el segundo caso, relacionado con cerca del 40% de los niños hiperactivos, cabe la posibilidad de que el pequeño necesite tratamiento farmacológico porque su mala conducta responde a condicionantes con los que ha nacido.
Sin embargo, las causas del problema no siempre están fuera de la relación entre padres e hijos. En el caso de los "falsos niños con trastornos", los problemas de comportamiento tienen su origen en la sobreprotección de los padres, que solucionan los problemas que el niño tiene que resolver por sí mismo. "Si a los niños menores de tres años les dan de comer los padres, les permiten ir a la cama cuando quieren y les resuelven todos los problemas, no se les educa en la capacidad de frustración y los niños no toleran un 'no'. Este no es el camino correcto", apunta Sasot.

Disputas de poder
Los niños desafían a sus padres cuando no sienten satisfechas sus necesidades y buscan poder. Así lo asegura la pedagoga Elena Roger, quien explica el proceso de estas disputas: "Los padres repiten, recuerdan lo que deben hacer sus hijos, pero con resultados negativos. Luego negocian, razonan y sermonean sin éxito. Cuanto más repiten, más se enfadan, hasta acabar en gritos y amenazas, incluso en insultos y bofetadas. Cuando ya no pueden más, explotan diciendo cosas de las que luego se arrepentirán e infringiendo castigos desproporcionados que nada consiguen mejorar". Con el tiempo, estas rutinas pueden convertirse en patrones destructivos de comunicación, relación familiar y resolución de problemas, "en hábitos familiares que se consideran como la manera normal de convivir en casa".
Los castigos son solo una solución momentánea e inducen un aumento de la agresividad de los niños
Los castigos son contraproducentes en muchos sentidos. Primero, porque son solo una solución momentánea. Cuando el castigo cesa, el niño repite la conducta, perfecciona las travesuras y pierde sensibilidad ante las penalidades. Por otro lado, muchos padres, al notar que el castigo surte efecto en el momento en que lo aplican, tienden a castigar cada vez más y con mayor energía, lo cual los enreda en un círculo vicioso en el que todos pierden. Además, los castigos inducen un aumento de la agresividad de los niños, puesto que el modelo que se les inculca es: cuando estamos enfadados con alguien, es bueno ir contra él. En este mismo sentido, los castigos morales (hacerles sentir culpa) pueden hacer tanto o más daño que los físicos.
"Los hijos a veces nos ponen a prueba para mostrarnos que ellos han cambiado y que las normas, por lo tanto, también han de cambiar -agrega Elena Roger-. Nos desafían continuamente, nos provocan y muchos de ellos nos manipulan hasta llevarnos a su terreno. Entonces, ganan la batalla".

Sanciones, recompensas y alternativas
Lo adecuado es que, en vez de castigos, se apliquen técnicas de sanción con las que el niño advierta las consecuencias de sus actos y de las que solo él será protagonista. Si no hace caso a las normas, deberá aprender por sí mismo a resolver los problemas porque nadie los resolverá por él. Si no quiere comer, no se le ofrecerá otra comida hasta que no termine el primer plato servido. Y si no quiere ir a dormir a la hora que marcan los padres, él elegirá la hora, pero al día siguiente deberá levantarse para ir al colegio o hacer sus tareas como si se hubiera acostado temprano.
El objetivo de los padres es que sus hijos aprendan nuevas pautas de comportamiento para que, a largo plazo, varíen su conducta. Por este motivo, hay que buscar técnicas que consigan efectos duraderos, no momentáneos. "Las políticas de recompensa son las técnicas que nos van a servir para este objetivo de conseguir efectos estables", asegura Joan Romeu i Bes, especialista en neurología y psiquiatría de la Clínica Quirón y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Estas políticas se basan en el hecho de que las personas tendemos a realizar las cosas en las que hallamos un beneficio y evitar las que suponen un esfuerzo o una dificultad que no se recompensará. Cuando se habla de beneficio, no hay que pensar solo en bienes materiales. Romeu afirma que "las recompensas más eficaces son las más inmateriales: el elogio, la atención, el afecto y la compañía".
También se debe tener en cuenta no recompensarlo todo, "como a delfines de acuario". Es mucho mejor hacerlo de vez en cuando, para que el niño no pueda predecir cuándo se le premiará. En este caso, el premio ha de llegar en el mismo momento de la acción que se quiere premiar, porque de lo contrario, hay riesgo de que el niño no lo identifique.
Por último, en el caso de niños muy conflictivos en quienes sea muy difícil detectar conductas que compensar, la recomendación de los especialistas es conversar con los pequeños para informarles de lo poco apropiado que ha sido su comportamiento hasta ese momento y transmitirles conductas alternativas. Es decir: sin exaltarse ni gritar, los padres han de inculcarles nuevas prácticas. Con esta estrategia, además, se estrecharán los lazos entre padres e hijos.